Como una flor en la plaza de mercado

 


"Ya llegaron las que faltaban" gritaban los cantineros. Se sienten muchas cosas viendo semejantes don juanes tirando sus mejores piropos. Las canciones de rancheras y vallenatos se escuchabanentre sí, nos sentíamos completamente observadas por cualquier movimiento que realizaban estos personajes.


Crónica

La vida de una mujer colombiana que trabaja en una plaza de mercado vendiendo flores, refleja cómo las personas viven y trabajan en lugares propios de nuestro país. La vida de Cristina transcurre en la plaza de mercado de la 21 y la cronista Lina Ujeta nos cuenta su historia.

“Suba el vidrio” fueron las palabras de advertencia de mi amiga Natalia mientras nos acercábamos a la plaza de la 21. Olores desagradables, basura tirada y varios habitantes de la calle nos recibieron al llegar. Parqueamos el carro, sacamos la cámara, y caminamos hacia el interior de la plaza.

“Ya llegaron las que faltaban” gritaban los cantineros. Se sienten muchas cosas viendo semejantes don juanes tirando sus mejores piropos. Las canciones de rancheras y vallenatos se escuchaban entre sí, nos sentíamos completamente observadas por cualquier movimiento que realizaban estos personajes.

Aceleramos el paso y llegamos donde están ubicados los dos pisos con locales comerciales. Preguntamos a dos personas sobre algún personaje representativo de la plaza, que nos ubicará y nos contará sucesos importantes, pero ninguno sabía quién podría ser esa persona. Continuamos caminando y llegamos a una floristería, de repente salió una mujer con una gran sonrisa y nos dijo:

-A la orden, qué flores están buscando-


flor articulo


Gracias. Lo que pasa es que nosotras estamos buscando una persona representativa de la plaza, que lleve varios años acá y que la conozca de arriba abajo.

-Acá hay varias personas que llevan muchos años, por lo menos yo, yo llevo más de 30 años.

Su local estaba completamente lleno de margaritas, astromelias, azucenas, girasoles, etc. La música romántica, también se hacía presente el olor a carne y cebolla igual ya que detrás de donde estábamos se encontraba una carnicería y al lado estaba el famoso “reguero”. Nos ofreció asiento, para empezar la conversación sobre su vida y la plaza.

“La vida acá no es fácil, las personas que vienen y no se acostumbran es mejor que se vayan, porque el ambiente es pesado”. Señaló Cristina. Ella es una mujer, alta, corpulenta, de piel morena, sonrisa blanca y pelo negro. Su buena actitud nos hizo sentir seguras y tranquilas. Quisimos romper el hielo y le preguntamos la edad “tengo 55 añitos, aun soy joven y bella” respondió con una gran carcajada.

La conversación fluía pues es bastante dicharachera. “Llevo más de 30 años trabajando acá, gracias a mi esposo, porque toda la familia de él trabaja con las flores y tienen varios locales acá mismo. Mi esposo fue el que me enseñó todo con respecto a este trabajo, pero él falleció hace 12 años y me tocó seguir adelante para poder sacar a mi familia. Aunque él también se dedicaba a ser entrenador de tejo lo que nos dio para la casa”. Al hablar de su esposo, su rostro mostró una expresión triste, pero luego se le dibujo una sonrisa porque para ella él fue un gran hombre y le brindo una buena vida.


 "Su local estaba completamente lleno de margaritas, astromelias, azucenas, girasoles, etc. La música romántica, también se hacía presente el olor a carne y cebolla igual ya que detrás de donde estábamos se encontraba una carnicería y al lado estaba el famoso “reguero”. Nos ofreció asiento, para empezar la conversación sobre su vida y la plaza."

  

 
“Mi esposo, fue un gran hombre, servicial, carismático y muy echado pa lante, él me enseñó a caminar por esta vida. Por eso soy algo dura con la gente porque no me gusta la compincheria. Él decía que si uno se mezclaba con mucha confianza no surgiría como persona. Y sé que es así y más acá, yo no tengo casi amigos, no me gusta el chisme, ni mucho menos me interesa tener amigos”. Cristina habla con propiedad. En ese momento llegó un cliente y le pidió unas astromelias son flores de color amarillo, salmón y blanco. Las saco y cortó el largo del tallo. Su habilidad para el buen corte y el empacado demuestra los años de experiencia de esta mujer.

-Lo siento niñas pero veo que tienen buena espalda, hoy casi no he vendido, es que hay días que son duros, no se vende como uno quisiera, pero bueno esto meda para el diario vivir

-No se preocupe, tenemos todo el tiempo del mundo para escucharla-

Bueno, sigamos. Tengo tres hijos, dos hombres y una mujer. El mayor tiene 35 años se llama Ernesto Torres Yara, estudió ingeniería de sistemas y actualmente trabaja en Enertolima. Mi niña se llama Mónica Torres Yara, tiene 27 años y es promotora de ventas en Flamingo. El menor se llama Carlos Andrés Torres Yara, tiene 22 años y estudia administración pública, y por cierto, es muy afortunado
porque el hermano mayor es el que le paga el estudio. Al hablar de sus hijos sonreía y sentía orgullo por ellos.

La tarde transcurría y el sol se escondía, se alborotaban aún más los olores pues la gente iba botando los desechos del día en la calle donde se encuentra el “reguero”. Cristina nos ofreció un tinto para continuar la charla, pero no pasó alguien que vendiera. “Ya toda la gente empezó a recoger, ya esto no es como antes, acá uno llegaba tipo 5 de la mañana y salía a las 7 de la noche. Venía gente de bien, comerciantes, gente del común hacer su mercado. Pero ahora todo cambió acá solo se ve gente de monte, guerrilla y paracos, por eso uno llega a las 7 de la mañana y se va tempranito. Hay días terribles en donde lo único que se ve es delincuencia, por eso la gente recoge temprano antes de que lleguen los ladrones a hacer de las suyas”. En su rostro se refleja el cansancio y desesperó por estar en la plaza, es notable el desagrado que le produce. “Me dicen que soy de malgenio, creída, amargada, pero prefiero eso a que me estén inventando chismes y metiéndome en problemas. Mis amistades son pocas y casi todas son hombres, con las mujeres poco, son muy chismosas y problemáticas”.

Su expresión cambió al preguntarle si tenía pareja, “llevó dos años con mi amado”, así se refiere cariñosamente a su novio. “No es por nada pero después de que se murió mi esposo, eso venían muchos hombres acá a pretenderme, pero yo no quería nada con nadie. Hasta casi me toca poner un letrero que dijera que no estaba buscando marido”, agregó Cristina con su fuerte carcajada.

La música que tenía sintonizada en la emisora se escuchaba más, pues la plaza iba quedando sola y el ruido disminuía. Eran baladas en español y apareció Thalia con su voz para acompañarnos en lo que quedaba de la entrevista.

“Me encanta la música ‘romanticona’, soy feliz escuchando baladas en inglés. Siempre que estoy en mi casa las pongo a todo volumen y me monto en la bicicleta estática para a hacer ejercicio, es mi plan favorito”. Pase la mirada rápidamente y vi encima de un balde amarillo un libro, le pregunte que si le gustaba leer, “me encanta, así no haya tenido educación superior, y trabaje en una plaza, no me considero ignorante gracias a los libros. Me gustan los de poesía, las novelas y algo de literatura”.

Para terminar le preguntamos, cuanto tiempo quería seguir en la plaza, pero ella con su buen sentido del humor nos respondió, “por mí me iría ya, pero la vida es dura y esto mal que bien me ayuda para mi diario vivir, acá he vivido casi toda mi vida y es duro irse aunque quiera. Odio y necesidad es lo que siento por la plaza”.

Culminó la charla y con una gran sonrisa nos dejó tomarle la última foto posando como una modelo. “Que vuelvan, acá siempre son bienvenidas, les debo el tinto, fue un placer conocerlas. Cuidado por ahí, recuerden que por aquí es peligroso”.


Redacción: Lina Ujeta, Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.

 

 

 

 

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