Silencio ante el acoso escolar

 Por: Diomedes Acosta.


 En días pasados haciendo una revisión por los medios digitales, me llamó la atención el titular de un artículo publicado el 17 de octubre en el periódico elmundo.com de España; el título de la nota era el siguiente: “Alejandro, un niño de 12 años que ya no tiene ganas de vivir” (Ver: http://www.elmundo.es/andalucia/2016/10/17/5803a25822601d0a278b45e6.html). Alejandro es de Andalucía, de Almería, una provincia en el sur de la península ibérica y que se caracteriza por tener a la gente más alegre, sociable y abierta del país. La historia de este niño la cuenta su madre, Inmaculada Rivas, quien dice que desde los 8 años Alejandro está siendo acosado por sus compañeros, sin que los profesores o directivos del colegio en el que estudia se hubiesen pronunciado al respecto.

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El tema del acoso escolar está de moda. Muchas series, programas de tv, campañas, canciones, historias y demás aparecen en los medios de comunicación, pretendiendo que de esa forma se enfrente el tema y que quienes padecen de esta sentencia social, quienes son acosados en la escuela por sus compañeros, salgan a denunciar o que quienes están orientando procesos académicos, o sea los docentes, padres de familia y directivos, salten en protección del menor cuando algo raro se evidencia.

Los casos de acoso escolar están a la orden del día, en España, Colombia e Ibagué, no es un secreto, y si lo es, a gritos se escucha que hay ciertos niños y jóvenes que son señalados por el resto de compañeros por distintos, diversos, enfermos, de colores, de diferente clase social, sexualidad, género, cultura y hasta por inteligentes, pero sobre todo por no estar en consonancia con los parámetros de conducta que muchas escuelas, no todas, como institución reproducen y también con los patrones que los padres les instauran en casa a sus hijos de lo que es normal, aceptable y respetable.

Varios casos de acoso escolar han sido registrados en los medios locales de Ibagué y muchos casos de suicidio han sido el resultado de esa situación. El acoso escolar es una de las causas del suicidio en el país y la ciudad, como es la historia de Sergio Urrego, joven bogotano, homosexual, quien fue señalado, estigmatizado y violentado por los compañeros del colegio en el que estudiaba, pero también por los padres de familia, docentes y directivas del mismo, llevándole al suicidio o interrupción voluntaria de su vida a los 16 años. La responsabilidad de quienes hacen parte del proceso educativo de los niños y los jóvenes en el tratamiento o desconocimiento de esta situación, lleva a que se agudice el estado de ánimo de los estudiantes al punto de tener problemas psiquiátricos o que atenten contra su vida al no encontrar ninguna salida.

En un caso registrado en Ibagué, varias veces los padres de una menor, encontraron signos de violencia en el cuerpo y conducta de su hija, al ver esto alertaron a la institución sin obtener respuesta alguna, lo que les llevó a realizar denuncias ante la fiscalía y, como Alejandro, el niño español, decidir retirar a su hija de ese establecimiento educativo al ver que por inoperancia, ignorancia para tratar el tema o simplemente por “hacerse los de la vista gorda”, la niña y los padres estaban siendo afectados en lo emocional y personal.

De esa manera, no sólo los menores que hacen el acoso directo en la escuela son los responsables de la situación que genera el irrespeto y exclusión de unos hacia los otros, sino también muchos adultos, docentes, directivos y padres de familia, que por la pasiva complicidad tienen la responsabilidad al no reconocer que allí hay un problema que se debe afrontar. En el caso del joven Urrego, la exveedora del colegio Gimnasio Castillo Campestre de Bogotá, aceptó que al joven sí se le había discriminado por su condición de género, siendo esto causal de su suicidio y admitió en preacuerdo con la fiscalía que el colegio tuvo la responsabilidad. (Ver: http://www.eltiempo.com/bogota/caso-sergio-urrego-exveedora-acepta-delito-de-discriminacion/16724756).

Como en Noruega, el país con el índice de educación más elevado del mundo y en el que los estudiantes viven una experiencia inolvidable al ir al colegio; los niños, niñas y jóvenes colombianos, sin distingo ni diferencia, deberían disfrutar de ambientes sanos, libres de compañeros que los matonean; profesores que pasan por alto la discriminación o el acoso; directivas que no se pronuncian en contra de quienes irrespetan a los otros y de padres que enseñan a sus hijos a “no dejarse”, optando por educar a sus chiquitos con la ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente”. De esa forma, la sana convivencia y el reconocimiento de los otros en espacios educativos, sería un escenario ideal para la construcción de una mejor y más equitativa sociedad.


Por: Diomedes Acosta. Docente programa Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.

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