Crónica de un viaje anhelado, odiado y querido

 Era pequeña y curiosa, no había mayor cosa que me preocupase, el mudarme a otro país era toda una aventura.


 Por: Jennifer Lorena Sánchez Arana.

aeropuerto de Chile

Es un viaje que nunca podré olvidar, no solo por ser el primer viaje en avión para mí sino por todos los sucesos que ocurrieron. Viajaba con mi mamá y con mi hermana menor, también era el primer viaje en avión para mi hermana, en cambio mi mamá ya había vivido un par de años en este país. El viaje era en escala de Bogotá a Cali, de Cali a Lima, de Lima a Santiago de Chile. Recuerdo haber estado resfriada, pero no se me pasó por la cabeza que ese resfriado sería el culpable de que odiara mi primer viaje en avión.

Llegar a Bogotá ya era una aventura para mí y aunque mis manos y mi boca temblaban de frio, Bogotá me parecía una ciudad llena de movimiento y de cosas sin conocer y entonces no me imaginaba cómo sería llegar a un país completamente distinto y desconocido. El recorrido de Ibagué a Bogotá en auto fue agotador pero divertido, siempre me ha gustado viajar en auto, poder observar todo el camino y dejar que la brisa te acaricie la cara por tener el vidrio de la ventana abajo. Al llegar al aeropuerto de Bogotá mis ansias aumentaban, saber que en minutos me subiría a un avión me ponía los pelos de punta, veía el aeropuerto con ojos de asombro y a las personas con ojos de lástima, se veían tan apuradas sin mirar lo que pasaba a su alrededor; otras solamente esperaban que los minutos del reloj pasaran deprisa para poder llegar a su destino, ignorándose por completo los unos a los otros, concentrándose en ellos mismos.

Aunque mi asombro por la estructura de aquel aeropuerto era para entonces algo fascinante, mis ansias convertían los segundos en minutos. Cuando llegó el momento de subirnos al avión, mi mamá podía notar esa emoción que hacía que los ojos brillaran en mí, yo lo noté por la leve sonrisa de alegría que desprendía cuando me miraba.

Ya sentada en la silla y con el corazón deseoso porque el avión tomara vuelo, el piloto saludó, dio las instrucciones y agradeció por tomar esa aerolínea.

El avión despegó y yo sentía cómo los latidos del corazón avanzaban cada vez más rápido, el sol no permitía que algunos pasajeros tomaran una siesta, fue un vuelo tranquilo, el piloto avisó que estábamos próximos a aterrizar y aunque era agotador viajar en avión, mi alegría crecía por poder conocer un aeropuerto más.

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Cali, ciudad de la salsa, el aeropuerto era más grande y más grande era la fascinación por esa estructura llena de innovación; ya no hacia frío, pero la circulación de personas y el interés por los demás era el mismo, empezaba a creer que el aeropuerto le quitaba la sensibilidad a la gente a pesar de que creía que allí se encontraban más a la luz los sentimientos emotivos.

Tuvimos que esperar un par de horas para ingresar al avión y debíamos cargar con dos maletas de mano un poco grandes, no era muy cómodo pero hacía parte del trayecto y de la experiencia, así como la paciencia que se debía tener para esperar llegar a su destino, algo que aprendía a medida que pasaban los minutos.

Esta vez el vuelo estuvo pesado pues empezaba a sentir aquellos síntomas de resfriado, lo cual hacia que la emoción de viajar empezara a desvanecer. Llegando a Lima, mi resfriado había avanzado por completo y ahora hacía parte de las personas a las que viajar no les agradaba para nada. El aeropuerto era más grande y pintoresco, pero ya no me fijaba en la infraestructura, ni en las personas, ni en las emociones que el estar ya en otro país me provocaban. Ya mi cara no tenía un buen gesto y debíamos esperar tres horas para tomar el siguiente vuelo, que por fin nos llevaría al destino deseado.

Lo peor del viaje comenzó cuando empezó mi dolor de oído, sentía desagrado por viajar y esto debido a que la altura hizo que el dolor aumentara cada vez más. Estábamos en la puerta de embarque número veintitrés cuando mi desesperación por el dolor se hacía más detestable, las lágrimas me caían por las mejillas y mi silencio demostraba mi angustia, sentía que en cualquier momento se me estallarían los oídos.

Mi mamá habló con una operaria del aeropuerto para que llamara a los paramédicos y me revisaran, recuerdo que mucha gente me miraba con preocupación, incluyendo a la operaria que muy amablemente me llevó un vaso de agua, me consiguió algodón con alcohol y chicles porque, según ella, esto hacía que se me quitara el dolor o esto fue lo que le dijo a mi mamá. Llegaron los paramédicos, y mientras la gente miraba la situación, yo podía observar que hacía falta que algo “fuera de lo común” sucediera para que entonces rompiéramos con esa despreocupación por el otro. Tuvieron que inyectarme de pie en un baño de hombres, en la puerta de embarque número veintitrés.

Odio las inyecciones, pero esta vez debía hacerlo, de otro modo no podría continuar viajando porque cabía la posibilidad de que en el avión se me explotaran los odios debido a la presión y a la altura.

Me daba la impresión de que este pedazo del baño estaba desmantelado, pensaba en ese momento que a todo le veía el lado negativo. Todo se volvió más gris y menos emocionante, menos interesante y más impaciente, al salir del baño y al retirarse los paramédicos, como si estuviesen muy acostumbrados a encontrarse con este tipo de situaciones, llegó una operadora de la aerolínea a decirnos que la puerta de embarque había sido cambiada de la veintitrés a la número quince. Con maletas en ambas manos tuvimos que correr, no había sentido la sensación de caminar coja, pero pensé que siempre había una primera vez y que esa vez había llegado.

Con dos maletas en cada mano, dolor en una pierna y respiración agitada llegué a la puerta de embarque para darme cuenta que aún faltaba hora y media, decidí recostarme en unas sillas, puse mi cabeza en las piernas de mi mamá y de pronto todo giró horizontalmente.

Recuerdo escuchar murmullos que se hacían cada vez más fuertes, luego un destello de luz blanca apareció y por último se escuchó la voz de mi mamá diciendo que ya era hora de subirse al avión, me levanté aun con un poco de sueño y el dolor en mi oído continuaba, todo se me hacía ensordecedor y desesperante; subí al avión mirando solo el suelo y levantaba la mirada si sentía que me tropezaría con algo o alguien. En el avión, sentada con la cabeza casi entre las piernas y las manos tapando mis oídos, recibí una pastilla de mi mamá para dormir, pedí un vaso de agua, me tomé la pastilla y caí en un largo sueño.

 “Llegamos, despierta nana”, me decía mamá, siempre me ha dicho nana, la razón... no la sé, todo se veía diferente, ese deseo que tenía de subir al avión por tantas horas, se había convertido en un “quiero bajarme ahora”.

Bajarme del avión sabiendo que sería el último que por un tiempo largo tomaría me llenaba de dicha y tranquilidad, volvía a mirar todo con ojos de asombro, me sentía como una nena pequeña a la que le dan un globo por primera vez, todo era deslumbrante, desde las tiendas pequeñas de café, hasta los altos y luminosos techos que me recordaban que era este el último aeropuerto.

Recoger las maletas, pasar por los detectores de metales, eso sí que era una tortura para mí, por alguna razón siempre se me acelera el corazón cuando tengo que pasar por un escáner, uno sabe que no lleva absolutamente nada malo o ilegal, pero sentir esa presión de alerta hacia uno, te hace sentir un delincuente.

Nos esperaba la pareja de mi mamá, un hombre alto, delgado, con ojos grandes y una sonrisa bastante expresiva; hablaba con un acento muy diferente, me causaba gracia que la mayoría de palabras las terminará con un “po”. “Si po mi amor”, le respondía a mamá cada vez que ella le preguntaba algo; nos abrazó como si de hace mucho nos conociera o como si quisiera hacerlo con muchas ansias, yo le devolví un abrazo lleno de absoluta cordialidad, al salir del aeropuerto una brisa, un frío enrome nos azotó de bienvenida, tomamos un taxi y camino hacia el nuevo hogar.

Ese recorrido era asombroso, todo era nuevo y diferente, el cielo despejado e imponente que parecía sonreírnos nos hacía devolverle una sonrisa llena de emoción, todo era alucinante y diferente, desde el color de los taxis amarillo y negro, lo barrido de las calles, los jardines con flores de colores que por lado y lado nos recibía, las distintas y enormes estructuras, el olor, el aire, las sensaciones, todo era inolvidable, la fascinación y la curiosidad de estar en un lugar completamente nuevo y llamado a la exploración.

Llegamos a una calle pequeña pero muy pintoresca, llena de actividad, de historia, de cafeterías, de música y de edificios nuevos y antiguos, grandes y pequeños. Había un edificio que me llamó mucho la atención, pues parecía llevar muchos años ahí, de tan solo cuatro pisos, blanco con ventanas y puertas negras y balcones llenos de flores, ese, ese era mi edificio, en el último piso quedaba mi departamento, lo supe porque en el último balcón había una mujer con un bebé que agitaba la mano y saludaba muy alegremente y mamá le respondía, amé esa calle desde el primer día, esa algarabía, ese ambiente, esa energía, ya hacía parte de la mía.

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Subimos cuatro pisos por la escalera, hay una ley que dice que un edifico requiere ascensor si hay más de cuatro pisos, este tenía el límite indicado para salvarse de esta regla, aunque para mi hacía mucha falta uno, pero también caía en cuenta que sería imposible instalar un ascensor en ese espacio tan limitado, donde por las escaleras solo cabían dos personas juntas al mismo tiempo, la pared era corrugada y no habían más de dos apartamentos por cada piso.

Abrieron la puerta y recibí un fuerte y caluroso abrazo de una completa desconocida para mí, ella también llevaba el mismo acento y le decía a mamá “ayy amiga cuánto te extrañé, me alegro que estés acá de vuelta”. No encuentro palabras adecuadas para describir ese sonsonete que salía de los desconocidos cada vez que hablaban, pensaba ¿en verdad así hablan acá? Me causaba gracia que a ellos les encantaba el acento colombiano, mientras que a mí me causaba intriga unas cuantas palabras que ellos utilizaban, a lo que había que quitarle le ponían, a lo que había que ponerle le quitaban.

Me gustan mucho los niños por eso ese bebé que estaba de dos años me conquistaba, tenía pestañas largas, cabello negro y abundante, una sonrisa dulce y una forma enternecedora para tratar de hablar. Antes de que naciera yo le había enviado una carta desde Colombia con destinario “lentejita” y contándole cuántas ganas tenía ya de conocerlo, sin siquiera haber nacido y ahora se encontraba allí frente a mí.

Entrando al lado derecho quedaba una pequeña cocina, seguido de la sala y comedor que tenían uno cuantos metros más que la cocina, había tres platos llenos de dulces y papás fritas en el suelo, tres almohadas de colores y una gaseosa con vasos plásticos, no había nada más en aquel apartamento, al lado derecho quedaba la entrada a la habitación, que era igual de grande que la sala y comedor y contenía un pequeño baño con tina.

Estaba agotada, con frío y hambre, había llegado en plena entrada del invierno, me senté en el suelo, comí papás fritas y de repente me entró la curiosidad de saber cómo se vería esa calle desde aquel pequeño balcón, deslicé la puerta de vidrio y me asomé, entonces todo se veía aún más enriquecedor, sus flores, sonidos, colores, habitantes, su brisa, era más acogedor, más mágico, aquí fue donde esta calle me terminó de enamorar y me hizo comprender que a veces los caminos para llegar a un lugar serán complejos, agotadores y fatigosos, pero que siempre valdrá la pena dar un paso más para llegar a la meta.

 

   


 Por: Jennifer Lorena Sánchez Arana. Estudiante Comunicación Social y Periodismo. Universidad de Ibagué. 

Por: Natalia Romero, Laura Olaya, Daniel García, Juan Pablo González

Estudiantes Comunicación Social y Periodismo Unibagué VII semestre

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