La tierra prometida

La vida en si misma podría ser considerada como un viaje, es más, debería categorizársele como tal, “el viaje”. Todo cuanto existe debe tener su comienzo, desafortunadamente (afortunadamente en muchos casos) también debe ser sellado con un final. Y no será la vida ajena a esto, ya que es propio en cada uno de nosotros que nuestro destino concluya con la muerte, que el viaje algún día deba terminar. Sería esta, tal vez, una de las lecciones más grandes que debiéramos aprender los seres humanos, dejar ir las cosas, no tratar de eternizarlas, que por más placentero que sea el viaje de cualquier manera acabará.

Jonathan Armenia 3

Puede que para cualquiera que lea esto le resulten un tanto fatalistas mis palabras, la verdad no es mi intención poner a reflexionar a nadie sobre el sentido de la vida ni mucho menos, es simplemente tratar de dar a entender que todas aquellas decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida y todos aquellos destinos que constantemente estamos eligiendo hacen parte de un todo, de un plan mayor del cual no nos desligamos fácilmente.

Realicé un viaje que inició en la tarde del lunes 26 de marzo de 2018, y concluyó en la mañana del jueves 29 de marzo del mismo año. Fue un viaje rápido, cuya finalidad consistía en recopilar una serie de experiencias que le dieran vida a una crónica, a una crónica de viaje. El destino escogido era la ciudad de Armenia, capital del departamento de Quindío. Un lugar en el cual ya había estado varias veces, y por el cual desprendo sentimientos muy fuertes. Es decir, si bien este viaje tenía una fecha de llegada y de partida previamente establecida, la realidad es que este ya había iniciado desde hace mucho tiempo atrás. 

Aquel lunes, la intención que teníamos era la de salir muy temprano en la mañana, cosa que no pudo ser, tuvimos que salir en la tarde después de almorzar. Hablo en este momento en plural debido a que no viajé solo. Durante mi recorrido estuve acompañado por alguien con quien he compartido muchas vivencias, alguien a quien conozco hace más de 10 años, y que a lo largo de todo este tiempo ha estado dispuesta a servirme de soporte y guía en cualquier cruzada que pretenda iniciar. Una persona cuya paciencia y dedicación me ha inspirado a seguir adelante y mantenerme firme en mis propósitos. Mi compañera de viaje es mi compañera de vida, Lina. Por esta y otras razones que les iré mostrando a lo largo del camino, me veo obligado a escribir con el corazón. Ahora que lo pienso bien, no creo que exista otra manera de escribir.

Escoger a Armenia como destino resultaba algo bastante lógico y beneficioso. Los padres de Lina viven allí, y con una amabilidad propia de la gente cafetera, constantemente nos extienden invitaciones para pasar alguna temporada con ellos. La época era propicia. Era una semana de receso, era Semana Santa. Teniendo programado nuestro destino con un buen tiempo de anticipación, nuestros 2 hijos y mi hijo mayor se habían encarrilado rumbo a la Ciudad Milagro apenas se vieron concluidas sus actividades escolares. Por nuestra parte, el viaje hubo de postergarse un poco más debido a responsabilidades laborales (uno de los grandes problemas de nuestros tiempos) y luego postergarse aún más, debido a otro tipo de inconvenientes ya de carácter más personal. En fin, decidimos tomar las cosas con calma, igual, tendríamos unos días para descansar, o por lo menos, para cambiar de ambiente.

Jonathan Armenia 2

Siendo las 2 de la tarde de aquel lunes en el que se daría comienzo a nuestra travesía, estando en la ciudad de Ibagué (ya con el sentimiento de ir retrasados en el viaje) tomamos un almuerzo ligero, algo de provisiones y múltiples precauciones para el camino, viajábamos en motocicleta. El clima cumpliría un papel protagónico durante nuestro éxodo, desde hacía ya varios días se habían intensificado las lluvias en esta zona del país, y las carreteras tienden a tornarse un poco difíciles de transitar. La buena energía y los ojos bien abiertos serían nuestros protectores en caso de cualquier anomalía vial.

Sobre las 3 de la tarde hicimos nuestro arribo al municipio de Cajamarca. En este lugar tenemos tantos amigos y familiares como historias, no me es posible estar allí y no sentir nada por esa hermosa tierra, además de ser el lugar en donde mis padres se conocieron, fue el sitio que por primera vez viera a la que hoy es mi esposa. De forma ingrata decidimos no pasar a saludar a nadie, apenas teníamos tiempo de tomar algo y partir por una ruta desconocida para ambos, la vía que del corregimiento de Toche en Cajamarca conduce al municipio de Salento ya en territorio quindiano.

El acceso a Toche se da por medio de una trocha poco transitada, cuna de la mayor concentración de palma de cera en el mundo, y lugar que alberga la apaciguada furia del volcán Cerro Machín, desde allí llegaríamos al departamento vecino como lo hicieran tantas personas en el pasado, como lo hicieron arrieros y campesinos mucho antes de que el Quindío fuera Quindío. Durante el inicio del trayecto las recomendaciones por parte de los lugareños no se hicieron esperar. La carretera se volvía cada vez más difícil de transitar y los varios comentarios de mi compañera con respecto a que no parecía tan buena idea seguir por aquel camino hicieron mella en mi terquedad, después de algún tiempo me reconocí como un ser obstinado que tuvo que bajar la frente y reconocer su error. Me sentí fatal teniendo que volver a Cajamarca. Una vez allí, ahora si, había tiempo para visitar a algunos familiares.Obviamente no les comentamos lo sucedido. Aún no me repongo de aquello.

Eran ya casi las 5 de la tarde, por lo que decidimos apurar nuestra marcha, nos armamos con trajes para protegernos de la lluvia y de lo inclemente que puede ser el clima en el Alto de La Línea, ese lugar que sirve de punto de unión entre el Tolima y el Quindío, mirábamos las montañas con un respeto absoluto. Bien abrigados nos dispusimos al ascenso.

El trayecto desde Cajamarca empezó con un paso constante que pronto se vio diezmado por la aparición de vehículos de carga pesada. Mientras manejaba no podía evitar pensar en todo el dinero que supondría la adecuación de una carretera tan importante como esta, cuánto dinero habría sido aprobado para este proyecto y cuánto de este dinero había sido desviado de su origen inicial con el fin de enriquecer las arcas de algunos pocos. También me preguntaba quiénes serían aquellos que desangran a una nación para sus intereses personales, y si en algún momento sentían arrepentimiento por esto… lo dudé, y aún lo hago.

En el sector de La Paloma, antes del peaje, se hacía un larga fila de carros, camiones y tractomulas, lo que quise aprovechar para adelantarme y apurar el paso, no quería enfrentarme a La Línea sin la ayuda de la luz del sol. Adelanté lo que más pude, no es algo fácil en una ruta tan llena de curvas, rodeada de montañas y de precipicios y atravesada por una interminable doble línea amarilla que nos recordaba el hecho de no adelantar. A veces la impaciencia nos empuja hacia la autonomía. Una vez retomado el buen ritmo, empecé a acusar que la moto se hacía cada vez más lenta en su andar. Observé a mi derecha un letrero que indicaba la cercanía con el alto de La Línea, faltaban solo 5 kilómetros, el ánimo estaba fuerte pero el vehículo no, la moto se hizo débil, la bujía daba muy poco y tuvimos que parar.

Empeñado en superar aquella situación, apagué y prendí la moto en repetidas ocasiones, con lo que esta respondía un poco y avanzábamos algunos metros, a lo sumo 50 en cada envión. La gente nos observaba desde la comodidad de sus autos, y yo no era capaz de ver un escenario favorable, por lo que decidí bajarme y empujar la moto. Lina se bajó y me animó a hacerlo. Ya habíamos avanzado mucho y cada vez quedaría menos terreno por recorrer. Mis preocupaciones aumentaron al hacerse próxima la entrada de la noche, y pensé por un instante que tendríamos que volver hasta Cajamarca.

Los vehículos pasaban a nuestro lado y algunos de sus ocupantes nos miraban como tratando de darnos aliento, me percaté que uno de los viajeros paró unos metros delante de nosotros, un motociclista que se detuvo entre la niebla y decidió devolverse para auxiliarnos, aquel hombre se acercó y con acento paisa (“los paisas son de Medellín” me dijo alguna vez un quindiano. Me lo repitió en otra ocasión un pereirano) nos preguntó que si teníamos frío, fue extraño porque la verdad en ese momento estaba muy acalorado, casi al punto de transpirar, tal vez hubiera sido por el esfuerzo que hacía al empujar la moto, tal vez sería por el estrés que sentía, pero lo que si tenía que ver era la forma en la que me había arropado para contrarrestar el frío, me preparé tanto para eso que no pensé en nada más.

Aquel hombre se ofreció a “taconearnos” la moto (empujarnos con el pie desde su moto en movimiento), lo hizo por más de 1 kilómetro hasta que cruzamos La Línea, ese hombre se despidió. Y yo me sentí aliviado. No me di cuenta en ese momento, pero la ayuda que recibimos por parte de aquella persona no correspondía a un caso aislado, me estaba acercando a una tierra en la que servir no se ve como una obligación si no como un estilo de vida.

Literalmente “coronamos” La Línea, recordándonoslo una valla comercial con la figura del gran Nairo y la compañía a la que representa. Supe que no me detendría. Y así fue hasta llegar a Armenia. A partir de ahí la noche se volvió real y solo las luces creadas por los autos permitían de vez en cuando admirar algo de la majestuosidad de las montañas colombianas. Después de unos minutos me resultaba inevitable girar la cabeza hacia la izquierda, tenía que hacerlo para lograr divisar al fondo de mi mirada las luces propias de un lugar, esas luces que van dibujando caminos y que son capaces de recordarle a cualquiera que haya tenido una buena niñez, esos añorados diciembres al lado de algún pesebre. Veía sin duda la ciudad de Armenia posando majestuosa al lado de su hermana la hermosa Calarcá.

Jonathan Calarcá 5

Continuamos con nuestro descenso, y en ese momento lo más anhelado era llegar (llegar bien, claro está). Una cortina de polvo nos iba atrapando y el ruido de los autos al que uno se acostumbra después de un largo rato en carretera, fue cambiando para dejar escuchar algunos gritos de personas ofreciendo el mejor lugar para descansar o para vacacionar. Esa nube de polvo que antes mencioné, era el resultado de unas obras que se están llevando a cabo a la entrada (¿o salida?) de Calarcá, las cuales pretenden una mejor movilización de vehículos. Ver esto me hizo tratar de recordar como era antes este lugar, y los recuerdos se tornan confusos. Caí en cuenta que los seres humanos tenemos la tendencia a olvidar algunas cosas con mucha facilidad. Eso no pasa si aquellos recuerdos no están solo en nuestra mente sino también se entrelazan con nuestro corazón. Me prometí estar más receptivo y no olvidar con facilidad.

Calarcá fue un nuevo punto de partida. No hubo tiempo de desabrigarse, así el clima lo pidiera, lo más importante era llegar a lo que pensábamos era nuestro destino. Una vez concretado nuestro arribo al sitio donde nos alojaríamos, un apartamento ubicado en un quinto piso de un conjunto desde el cual se puede observar la montaña de la que habíamos descendido y a los luminosos autos que recorren sus venas. Llegamos. Los niños nos estaban esperando con sus cálidos brazos y sus tiernos besos junto a nuestros anfitriones Lucas y Cielo (padres de Lina), quienes nos tenían preparada una deliciosa comida y algo caliente para beber. Ese recibimiento con cena incluida fue la antesala de un largo y profundo sueño. Hacía ya varios días que no dormía tan bien como aquella noche. La magia del entorno no se hizo esperar.

El siguiente día (martes 27 de marzo) empezó más tarde para mí. No fui capaz de levantarme de la cama antes de las 9 de la mañana, en realidad no quería hacerlo, y una vez lo logré, fue solo para encender la televisión y pasar canales sin un destino concreto (ese sí que puede llegar a ser un viaje inacabable). Pasado un tiempo algo extenso y después de haber desayunado, me obligué a dar un salto de la cama a la ducha. Tenía que salir a la calle, me había propuesto la tarea de visitar a alguien, un profesor de filosofía, John Isaza. Conocía su voz, le había visto en fotografías, le había prestado mucha atención a sus palabras, tenía que conocerlo, tenía que comprobar que era real. Sabía que se refugiaba en una librería, y tenía más o menos la idea de donde se ubicaba. Él no sabía de mi visita, pero esto no me impidió iniciar mi búsqueda. Lina que conocía mis intenciones, se alistó primero que yo, y con la paciencia que la caracteriza se dispuso a esperarme.

Nuestro lugar de hospedaje era Torres del Río, un conjunto residencial que queda a escasos 5 minutos del centro de Armenia, lo cual era propicio para iniciar una caminata. Nos olvidamos de la moto, nos tomamos las manos y emprendimos nuestra marcha. Atravesamos el puente La Florida que nos comunicaría con el Parque de la Constitución, luego pasamos frente a las instalaciones de la Fiscalía y por último, a La Plaza de Bolívar,  desde donde se puede observar la Catedral La Inmaculada Concepción, una edificación similar a una pirámide o a una tienda de campaña, la cual observé desde afuera,  pero no entré.

A mi derecha me encontré con un edificio rodeado de distintas banderas, era La Gobernación del Quindío, desde allí se abría el camino a una calle peatonal (una verdadera), La 14. Fuimos caminando en una leve inclinación, mirando los distintos locales comerciales y esas caras que enriquecen la vida de una ciudad. Mientras seguíamos nuestra ruta, no pude evitar sorprenderme de la manera en que los diferentes conductores mostraban un respeto sagrado por las cebras pintadas en el suelo, esas señales de tránsito que he visto ser ignoradas una y otra vez en la mayoría de los lugares que he visitado. Vi como esos mismos conductores eran capaces de dejar su orgullo vehicular de lado y cedían la vía. Me asombré de la tan aclamada cultura ciudadana, de ser testigo de aquello que puede parecer un mito y a la vez sentí vergüenza por la ciudad en la que habito. Esa ruta peatonal concluía en un pintoresco parque llamado el Parque Sucre. 

Jonathan Armenia 4

Después de ese recorrido visual, miré hacia la muñeca de mi mano izquierda y me percaté de que casi era mediodía. Tendríamos que apurar nuestro paso para lograr ver a quien pretendíamos encontrar, por otro lado, no sabíamos si la librería iba a estar abierta,  si tal vez él estuviera almorzando, o si nos recibiría sin ningún problema. No sabíamos que esperar, pero no me iría de allí sin ver cumplido mi objetivo. Al menos este.

Seguimos caminando ya por una muy transitada vía que nos llevaba hacia el norte, viendo los letreros de señalización me percaté de que esta carrera 14 tenía como nombre la Avenida Bolívar. Pasamos frente a la Universidad La Gran Colombia, frente a centros comerciales, y frente a un edificio que me exigió detenerme. Era una edificación hermosa que se encontraba en ruinas, no sé por que razón. Por un momento pensé que se debía a aquel terremoto del 25 de enero de 1999, el cual sacudió con una fuerza voraz este hermoso territorio. Pensé en las diversas penurias que  pasó la gente del Eje Cafetero, y de cómo vieron a prueba esa capacidad de reconstruirse, entendí que estaba posando mis pies en un milagro real. Comprendí esta vez de verdad por qué Armenia es la Ciudad Milagro.

Seguimos nuestro recorrido hasta la Universidad del Quindío, me pareció divina, por como se ve y por lo que significa. No pude evitar pensar en aquellas grandes personas que conocía y que alguna vez estudiaron allí. Durante todo el viaje pensé en las personas a las que quiero. Me paré frente a la Universidad para darme cuenta de que no tenía la menor idea de dónde se ubicaba la librería, mi única referencia era la “UniQuindío”, no tenía más. Lina tomó el mando de la expedición y comenzó a indagar a cuanta persona pasaba junto a nosotros, no tuvo el éxito esperado, por lo que decidió llamar a su padre y encomendarle la tarea de ubicar la librería Libélula. Unos minutos después sonó el teléfono de mi compañera, Lucas la había hallado. Con un tono corrector dijo “Libélula Libros” y le dio la dirección. Llegamos en 5 minutos.

Entramos a ese tranquilo sitio, y con una voz algo timorata me presenté. Las dos personas que se encontraban allí me miraron con ojos de extrañeza hasta que expliqué el motivo de mi visita y de gracias a quién había surgido esa motivación. John se levantó rápidamente de su asiento y estrechamos nuestras manos. Se sentó con nosotros y hablamos durante un buen rato. Mi visita no tenía un motivo distinto al impuesto por la gratitud hacia un profesor, hacia alguien a quien considero un verdadero mentor. Volvimos al apartamento con la satisfacción de la labor cumplida reflejada en nuestros rostros y en nuestras voces, nuestros pasos se hicieron pesados, por eso una vez allí después de recibir un almuerzo elaborado exclusivamente por Lucas, sentí como Morfeo me invitaba a su reino y simplemente no me pude resistir a la dicha que brinda una siesta justo después de almorzar.

Era un poco más de las 5 de la tarde cuando sentí mi cuerpo sacudir. A medio despertar escuché la voz de Cielo tratando de invitarme a un lugar en el pueblo vecino de Calarcá, dije que sí y creo que me dormí de nuevo al menos por 2 minutos. Lina me explicó que nos dirigíamos al lugar donde trabajaba su padre, un colegio en zona rural de Calarcá el cual poseía una granja, íbamos hacía la Institución Educativa Baudilio Montoya, un colegio técnico agropecuario ubicado en la vereda La Bella. Cielo y Lucas partieron con los niños en su carro, Lina y yo iríamos en nuestra moto. Fue así que recordé las fallas mecánicas que le habían aquejado a esta, a lo que Lucas con su siempre amable carácter respondió que antes pasaríamos por un mecánico. Yo no creía tener el dinero suficiente para una reparación en ese momento. Lucas asumió la totalidad de los gastos y hasta me tanqueo la moto. Otra muestra de cariño de parte del Quindío.

Estuvimos cerca de una hora en este colegio con nombre de poeta, luego fuimos a adentrarnos en el centro de Calarcá. Estaba bello y con mucho movimiento, comimos algo y degustamos de un exquisito café en la Plaza de Bolívar (una más de la larga lista de Plazas de Bolívar en nuestro país), luego entramos a un hibrido entre café, billar y cantina, bebimos una cerveza mientras yo veía a Santa Fe ganarle por un gol al Medellín, parecía esto el augurio de una buena noche. Teníamos que volver a Armenia. Lucas sabía que por motivos laborales yo tendría que retornar pronto, por lo que había planeado una noche de cervezas en lo que podría considerarse un día atípico para beber. Poca gente bebe un martes.

Nos invitó a Lina y a mí a una panadería frente al Parque de La Constitución, un sitio que es comúnmente conocido como “Las Gordas”. En este lugar la principal magia radica en la música que allí suena. Desde el momento en el que llegamos, doña Martha, su propietaria, ya sabía que canción sería la indicada del momento, El Provinciano de Olimpo Cárdenas, un tema que toca las fibras sensibles de Lucas, y como dice él, “me hace gastar la plata de los quesos”. Seguido a esto vinieron Carlos Gardel, El Caballero Gaucho, Julio Jaramillo, Los Visconti y tantos otros más que hicieron muy amena aquella fría noche.

El lugar cierra relativamente temprano, por lo que la migración hacia un sitio más al centro estaba planeada. Fuimos caminando y esto sirvió para ir conversando un poco de todo (y de nada) y para que nuestro anfitrión hiciera mucho énfasis en la soledad de la ciudad aquella noche y el contraste inusual entre Armenia y Calarcá. Esa noche acabó más temprano para Lucas que para Lina y para mí. En aquella desvelada conocimos a una Lizet, a un Felipe (en este relato decidí que los apellidos podrían ser omitidos, ya que la amabilidad en el ser humano debería ser desprovista de un dueño, debería ser un bien general), a un ingeniero y su esposa, a un matemático amigo del ingeniero, bebimos en una “ventanilla”, gocé de la amabilidad de la gente y de seguro ellos gozaron con mis historias. Debieron ser más de las 4 de la mañana cuando entré a dormir… no sabía que en la mañana iríamos a un lugar muy bonito. En verdad no pensé mucho esa noche.

Mis anfitriones sabían que yo tenía la tarea de escribir una crónica de viaje. Supieron también de mi fracaso al intentar llegar por una ruta poco convencional a un lugar que es especial para visitar en cualquier época del año. Yo quería escribir sobre Salento, pues antes le había visitado, y había quedado fascinado con su belleza, ellos sabían que en esa temporada aquel pueblo se vuelve prácticamente inaccesible, por lo que decidieron un destino igual o tal vez más bello que el mismo Salento, Filandia. 

Jonathan Filandia 6

Ese miércoles fue un poco tedioso para mí. Me había excedido con el licor y estaba sufriendo de una resaca sin precedentes, tenía un “guayabo” catastrófico. Sin embargo me dispuse a viajar hacia Filandia, ellos (los niños, Cielo y Lucas) viajaron más temprano. Lina y yo partimos una hora más tarde. El trayecto se hizo un poco difícil debido a la lluvia, como había dicho antes el clima jugaría un papel importante en este viaje, tuvimos que hacer algunas paradas que aproveche para comer e hidratarme, trataba de mitigar la resaca de múltiples formas, una vez me sentí mejor tomamos la avenida Centenario que nos llevaría por una ruta hacia el departamento de Risaralda, aquella carretera se sentía bastante cómoda para transitar.

Durante este trayecto hay unas ruinas de lo que antes, en la década de 1980 había sido la majestuosa Posada Alemana, propiedad del reconocido narcotraficante Carlos Lehder. Me encantaron aquellas ruinas, siempre he admirado la arquitectura en decadencia de cualquier edificación, me lleva a pensar en el principio y el final de las cosas. El principio y el final de la vida. Siguiendo la ruta y unos metros antes del peaje vía a Pereira hay un desvío hacia la izquierda, una carretera angosta que nos indica el camino hacia Filandia.

Al pasar por allí, me di cuenta que siempre va a haber algo por descubrir. Vi letreros que indicaban una entrada hacia la reserva natural Barbas Bremen, un parque natural que alberga gran concentración y diversidad de aves. De inmediato supe que tenía una tarea pendiente, visitar este lugar. Seguí manejando no por mucho tiempo hasta que una calle empinada nos mostraba la entrada a este pueblo, las primeras casas modestas y de arquitectura moderna, se disfrazaban de antiguas gracias a los colores con que habían sido pintadas, pero una vez en el centro del lugar se podían apreciar aquellos balcones viejos, las fachadas antiguas y ese aire de pueblito cafetero.

Jonathan Filandia 3

Me causó una gran impresión el hecho de que las compañías que uno normalmente ve en las ciudades marcando su estilo no solo con sus logos y colores, sino también con sus construcciones, aquí tendrían que acoplarse a la esencia misma del pueblo. Las fachadas eran respetadas. Si bien, en su interior las construcciones sufrían cambios drásticos, la forma en que los exteriores eran conservados me arrancó varias sonrisas. (El miércoles 28 de marzo, Filandia recibió la certificación como destino turístico sostenible, debido a su equilibrio entre áreas económicas, ambientales y socioculturales. Ese día el pueblo estaba de fiesta).

Estando allí era muy fácil dirigirse a cualquier lugar. Caminar de forma desprevenida y observar lo bonitas que pueden ser las obras de los hombres en conjugación con las de la naturaleza. Me senté durante largo tiempo en el parque principal (lo más seguro es que lleve por nombre Bolívar) a observar la gente pasar, una mezcla entre visitantes y foráneos, una combinación entre generaciones, gente mayor con sombreros, gente más joven con atuendos de gente joven.

Filandia estéticamente es bastante atractivo, posee un comercio muy fluido y unos miradores que le invitan a uno a perder sus ojos en el horizonte, a tratar de encontrar ese algo que siempre buscamos. Tiene una calle donde el tiempo se niega a seguir (así sea una estrategia comercial) que resulta curiosa a los ojos de cualquiera, pero sin duda alguna por lo que vale la pena visitar este lugar ha de ser su gente. La humildad y la gentileza de las personas van a hacer que uno se sienta como en su casa, o mejor aún, que uno quiera este lugar como casa. Para las 4 de la tarde ya era víctima de un fuerte resfriado causado, creo yo, por los severos cambios de clima y las continuas lluvias. Tenía que presentarme a trabajar a las 8 de la mañana del jueves por lo que decidí que lo mejor era refugiarme en Armenia. Era necesario descansar. Lina que siempre estuvo a mi lado me apoyó en la idea de retorno al apartamento, por lo que nos despedimos de nuestros acompañantes y tomamos rumbo a refugiarnos. Durante el camino volvió a llover.

Ya en Torres del Río hablamos de lo fantástico que puede llegar a ser este lugar, el Quindío en general, y como suele ocurrir cuando uno se entusiasma mucho con algo, lo quiere para uno. Surgió la idea de algún día hacer de Armenia nuestro hogar. Hubo silencio después.

El jueves salí de Armenia sobre las 5 de la mañana, durante el camino empecé a sentirme solo, ya me hacía falta aquella a la que quiero. Mientras manejaba iba pensando en muchas cosas, iba recordando muchas otras también, entre esos recuerdos se entrometieron las palabras que hace varios años en una anterior visita y por motivos que no quiero mencionar, una lideresa espiritual llamada Rosalba me había pronunciado, ella dijo: “…esta para ti es una tierra prometida, el Señor te hace una promesa y tú debes escuchar lo que dice”, yo siempre escéptico no presté mucha atención a esas palabras. Pensándolo un poco mejor y algo más viejo, me doy cuenta que cada vez que piso suelo quindiano las ganas de quedarme son más fuertes. Creo que la idea de una tierra prometida no resulta tan descabellada y que de haber una promesa, está cada vez más cerca de ser real.


 Por:Jonathan Hernández. Estudiante de Comunicación Social y Periodismo.Universidad de Ibagué.  

 

El Anzuelo Medios

Masoko

Contacto

 

¡Escríbanos!

 

 Ibagué Tolima

 Carrera 22 Calle 67 B/Ambalá

 +57(8)270 94 00 ext 287

 Fax: +57(8)270 94 43

 elanzuelomedios@unibague.edu.co

Acuerdo de Uso