De buenas para el trabajo

«Yo vendía tintos en la calle, pero no dejaba morir a mis muchachos, los hijos que eran de mi mamá. Inteligente yo, sin estudios ni nada, pero inteligente».

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Sus pies descalzos recorrían las montañas de una finca en Santiago Pérez, un corregimiento del municipio de Ataco, departamento del Tolima. Ella tenía cinco años, en ese entonces habían matado a Gaitán y, al mismo tiempo, a sus padres. Al estar totalmente huérfana fue adoptada por una señora que tenía siete hijos, pero debido a la guerra entre pandillas y a las constantes amenazas tuvieron que salir de la finca en la que estaban para así mantenerse con vida. Alrededor de las 12 de la medianoche emprendieron camino rumbo a Ataco. En fila india, una señora bajita, regordeta, de cabello desgreñado negro y largo; al frente estaban siete pequeños que le seguían, de cabello rizo rubio hasta la cintura y ojos color verde. Se encontraba ella de últimas, a pesar de que era la mayor.

Con ampollas en los pies, picaduras en sus piernas y bastante agotamiento, el paso se vio interrumpido al encontrarse con unos tenientes que los mandaron a ponerse contra los barandales de un puente por el que iban pasando. Pero con la frase: «No, esta familia viene huyendo, no los vamos a matar. ¡Dejémoslos!», lograron continuar con su trayecto. Huyendo fue que llegaron a una vereda del municipio de Coyaima conocida como La Jabonera. Gracias a los contactos de su madre se pudieron ubicar en un salón de bajareque, lo suficientemente grande para un grupo de nueve personas, con baño y cocina.

Son las cinco de la mañana, no suena despertador alguno, pero alcanza a entrar luz a través de una pequeña ventana que es la que ventila un cajón con bastante de largo y poco de ancho que tiene como vivienda. Ella abre sus ojos y lo primero que se encuentra es con un televisor que aún tiene botones, este mide alrededor de 20 pulgadas y está sobre un chifonier de madera en donde guarda su ropa y accesorios. Se levanta de su pequeña cama y se dispone a organizar sus totumas para poder bañarse; no tiene baño, pero sí un lavadero.

Su lugar de trabajo ya está abierto, vive a menos de dos cuadras de allí. A las 5:30 a.m., se dispone para ir, lleva su característico delantal verde e ingresa por un gran marco de concreto. Allí dentro retira la malla verde que utilizan en las construcciones, pero que esta vez se encarga de cubrir las verduras que se encuentran en canastas. Se ubica en la mitad de su puesto, se sienta en un alto taburete de madera, saca un platón verde y empieza a seleccionar las zanahorias y habichuelas que picará para empezar a vender. Pasa toda la mañana esperando a que lleguen algunos clientes, pero termina llegando primero la hora del almuerzo. Doña Rubiela siempre se encarga de darle algunas aguas cuando se siente mal, pero esta vez le trae un jugo. «Hace 30 años yo estoy y cuando llegué, ella ya estaba. Es buena señora, trabajadora, tienen un carácter por su edad, pero es servicial».

No duraron mucho en La Jabonera, debido a que buscaban oportunidades de trabajo y así fue que pudieron ubicarse en Girardot. Su madre con canastadas de pan, decidió bajar al pueblo para poder vender. Le dejó un peso para mantener a siete niños, lo que para ese entonces era bastante dinero, y con un «a los ocho días vengo» salió de la casa.

«De hambre no nos vamos a morir, aquí hay plata» y se fue para la plaza. Recorría las calles donde los campesinos tenían sus puestos, compraba plátano, yuca, chunchulla, hígado y bofe. Se pasaba por las tiendas, obtenía café y panela. Llegaba a la casa y se preguntaba, ¿qué voy a hacer? Así que ponía una paila en el fogón para poder fritar plátano y toda esa carne.

Con un platón grande lleno de hojas de plátano salía a las carreteras, se subía a los buses que venían desde Chaparral y se ponía a vender lo que preparaba a centavos. «Conseguía buena plata y apenas cogía el dinero volvía a la plaza a pedir nuevamente. Yo vendía tintos en la calle, pero no dejaba morir a mis muchachos, los hijos que eran de mi mamá. Inteligente yo, sin estudios ni nada, pero inteligente».

Su madre adoptiva volvió al mes.

Alrededor del mediodía empiezan a rondar por la plaza algunos chanceros, con máquinas en sus manos para ofrecer apuestas a los vendedores. Cada ocho días compra la lotería, esperanzada mira al cielo y suplica «señor, regáleme este pedacito de lotería», y mientras lo guarda en su delantal se convence de que se lo va a ganar, así que por curiosidad le pregunto, ¿con qué número hace el chance o la lotería? Señala la pesa colgada a una vara metálica, que además contiene un letrero que dice «Puesto No. 138», pues su orgullo es ver el puesto lleno.

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«Un cuarto de zanahoria, un cuarto de habichuela, un cuarto de arveja (…)», empieza a enumerar los productos que tiene en su puesto. «Yo compro todo de a cuartos y me dura para toda la semana porque aquí casi no se vende». Haciendo cuentas, se le van alrededor de 100.000 pesos surtiendo su puesto, con ayuda de Jenny, una señora que también tiene su local de frutas y verduras, ahí mismo en la plaza. A medida que ella va vendiendo, le va pagando a Jenny, a pesar de que le debe alrededor de 400.000 pesos. Jenny le tiene paciencia «Ella es una señora ya de edad que no debería estar en esta situación, pero es trabajadora, porque usted nunca la ve haciendo pereza».

También entiende que su único ingreso, además de las ventas en la plaza, es la mensualidad que brinda el Estado para las personas de la tercera edad, que son tan solo 75.000 pesos, y tiene que cumplir con otras obligaciones como el arriendo de su vivienda y de su lugar en la plaza.

Ella tiene puesto en su oreja un radio portátil antiguo, se acerca la señora Marina, una vendedora de la plaza, y le pregunta «¿qué ha sonado en las noticias hoy?». Marina la conoce hace unos años, pero muy seguido le hace la charla para hablar acerca de lo que sucede en el país, «ella mantiene escuchando noticias por esa radio y, a veces, nos informa a todos lo que sucede de último momento».

Pero las noticias no es lo único que llama la atención de ella, pues al ser una fiel hincha del Deportes Tolima, no se pierde ni una sola trasmisión de los partidos, y los conversa con don Álvaro, un antiguo de la plaza, «yo siempre le pregunto por el Tolima y nos ponemos a hablar de los próximos partidos, porque hay que ser fiel al tolimita, aunque ella es muy cascarrabias, pero aquí lo importante es que es trabajadora y buena gente, nos llevamos bien».

Don Álvaro no es el único que la conoce desde hace tiempo, pasa por nuestro lado don Rider, quién la conoce desde el año 73, y aunque con ella es simplemente el saludo la describe como una persona trabajadora y cortés. Tan cortés que siempre que se acercan algunos 'gota a gota' ella les reclama «a mí me tienen que tratar decentemente porque si me echa la madre, no le pago».

'Gota a gota', vendedores, don Rider, don Álvaro, Marina, Jenny, todos totalmente activos el domingo, pues es el único día en que la plaza está llena porque llegan los campesinos, «y los campesinos, ellos tampoco me dejan morir, me traen tomates y cosas que me dan barato. Pero si esto se vendiera, yo estaría en la gloria y aunque hay veces en las que no vendo nada, ya me enseñé a trabajar aquí por cuenta propia, y, además, solo sé manejar la verdura». A pesar de que en varias ocasiones le han ofrecido trabajar en casas de familia, su respuesta siempre es la misma, «yo no sirvo para que me manden ya».

Con alrededor de 15 años, empezó a trabajar en una casa de familia, recibía de salario 5.000 pesos, para ese entonces; así que ella misma fue comprando su ropa, accesorios y «haciéndose señorita». Pero el sentimiento de rabia y tristeza seguía ahí porque «para los demás sí hubo estudio, y yo soy la que tengo que estar aquí barriendo, haciendo de comer», así que tomó la decisión de irse junto a una señora que le brindó trabajo en Chía, Cundinamarca, a raíz de que su mamá no le permitía tomar criterio sobre su vida, decidió volarse.

Fue unos días después que su madre se enteró que se había escapado, pero no existía forma alguna de que la contactara. Así pasó el tiempo, su madre se casó, mientras ella seguía trabajando en Chía, pero unos años después se enteró de que al esposo de su madre lo habían asesinado, así que era una buena oportunidad para devolverse a Girardot, «quería acompañar a mi madre, pues yo ya era una señorita y ya no le tenía miedo».

De vuelta en Girardot, y con total autonomía, empezó a trabajar en una panadería despachando pan y haciendo el aseo. Iba a visitar a su madre adoptiva cada ocho días, pero cada vez que iba le armaba un problema, «entonces yo le decía, "pero yo no bailo, yo no salgo pa’ ninguna parte, estoy trabajando y haciendo de comer ahí en la panadería, ¡trabajando!". Hacía el deber de visitar a mi mamá y me salía con esas». Cansada de los reclamos de su madre, y llena de sentimiento, solo buscaba una manera de irse de Girardot, así que aceptó la propuesta de matrimonio de uno de los trabajadores de la panadería.

Con la excusa de «yo me caso con usted, pero más tarde», ese señor, con cara amarga, se la llevó a una finca escapándose de todo el mundo. Su madre se enteró que se la habían llevado y al ser aún menor de edad puso el denuncio, «no me pudieron coger porque era una finca en una loma y ahí cómo hacían pa’ cogerme a mí. Entonces estuve viviendo con él, pero no salía ni al pueblo ni nada, pa’ que no me fueran a coger». Sin embargo, su suegra que vivía en Purificación se enteró de que su hijo estaba viviendo con ella sin casarse, así que se fue hasta la finca en donde vivían y los obligó a formalizar su unión ante la iglesia, en el barrio El Salado. Ella con cualquier vestido y los padrinos fueron su propia suegra y un señor tendero de una esquina.

- ¿Cómo se sentía usted al principio con él?

- «Él no me pegaba tanto, me pegaba pero más suave, pero después de que me casé, sí me dio una vida muy mala porque él se consiguió a otra. Era una muchacha, entonces llegaba todo borracho a la casa y me decía, “yo no sé por qué me case con usted, tan fea que es usted y yo soy tan bonito”. Eso era mentira porque él es feo, él no es bonito. Él es de boca grande, ¡feo!, lo único que tiene bonito son los ojos, no más, y es ojón. Yo no le contestaba nada porque si me ponía a contestarle, me pegaba enseguida».

A pesar de todo, tenían una casa y un puesto en la plaza. Empezaron a trabajar allí, él compraba todo por bultos, y ella se encargaba de vender todo, pues su experiencia de cuando pequeña le había ayudado bastante, sin embargo él era quien cogía el dinero producto de sus ventas. Ella era una trabajadora más. Él le surtía el puesto en las mañanas, en las tardes llegaba y le preguntaba: «Bueno, ¿qué vendió?»

Fueron 20 años los que ella vivió con él, hasta que un día llegó a la casa borracho y le dijo «yo no sé por qué me case con usted, usted es fea, yo merezco una mujer bonita, pero… ¿si sabe, no?, ya tengo otra mejor que usted». Luego de tal hecho empezó el proceso de separación. Él lo vendió todo: la casa y el puesto. A ella le tocó pagarle para que no la dejara sin el puesto. «Cuando él me abandonó, entonces ahí sí cogí fuerza y lo que yo vendía ya era pa’ mí».

A pesar de ser un día lleno en la plaza, las ventas estaban difíciles, los campesinos llegan a vender sus productos y muchas personas los prefieren por encima de los vendedores de la plaza. Varios se acercan al puesto que queda en la entrada, preguntan por alguna fruta o verdura y hay dos situaciones: primero, ella no tiene los productos que piden o, segundo, se escandalizan por los precios. Pero, a pesar de esto, con mirada nostálgica, los dirige hacía otros puestos.

Sin embargo, un señor de contextura gruesa, alto y de cabello blanco, por su edad, se acercó al puesto y duró un tiempo hablando con ella, pero la conversación se vio interrumpida cuando otro hombre delgado, con alopecia, llegó:

- ¿Usted por qué se sigue hablando con él?

- Es que yo no soy una persona rencorosa, a mí me vienen a hablar y yo les contesto.

- Usted lo que es boba, deja que se aprovechen de su buena voluntad.

Le pregunté que quién era ese primer señor que se había acercado y contestó: «Era Luis, mi segundo esposo».

«Entonces yo me quedé con el negocio y seguí trabajando, y sí, me enamoré de un señor. Viví con él durante 16 años, pero salió peor que el propio marido: toma trago y con la una y con la otra. ¡No!, peor, peor». Estuvo 16 años con Luis, las cosas parecían marchar bien, con buenos ingresos y un hogar, pero, en medio de la relación, le figuró todas sus pertenencias a él y se fue con otra «dejándome con una mano atrás y otra adelante».

«Yo sí era de buenas pa'l negocio, pero muy de malas pa’l amor, entonces dije: “No, me voy a estar sola, sola… con Dios no más”».

- ¿Entonces no volvió a estar con nadie?

- «A mí no me conviene tener marido ni nada. Es que ningún hombre se enamora de las arrugas, se enamora es de la belleza y por lo que uno tiene. Si usted tiene de qué vivir el hombre se enamora; pero eso de que uno llegue a anciano, con 60 o 70 años, y que un hombre se enamore de uno son puras mentiras. Se enamoran pero para ver qué tiene uno para ellos vivir».

- ¿Y su familia?

- «La familia no me quiere por ese motivo, porque me puse a figurarle todo a él, ¡todo!, y no le figuré nada a mi familia, entonces ellos no me quieren por eso y dicen: “Pero figurarle todo al marido y a nosotros no nos figuró nada”. Entonces les dije: “Pero si eso era mío, ¡yo lo conseguí!, ustedes no me ayudaron a conseguir nada”».

- ¿Y qué dicen los demás de usted?

- «“¡Ay!, la señora tanta plata que tuvo, era la doña, pero por ser pendeja y darle todo a ese desgraciado, por eso es que esta así, con una mano adelante y la otra atrás”. Hay unas viejas que no me quieren tampoco, porque fui pendeja y le figuré todo a él. Él me embargó hasta la casa».

De acuerdo a esta historia y que, además, es conocida por la gran mayoría en la plaza, Armando, un chancero, la referencia al expresar que «tiene sus años, de toda consideración es humilde, en su juventud no supo administrar sus bienes, y ahora mantiene muy alcanzada. Pero es bien puestecita y bien arreglada, a pesar de tener 80 años, es una mujer que está muy vigorosa».

- ¿Cómo es su relación con la gente de la plaza?

- «Aquí con la gente de la plaza, ellos son mi familia y están pendientes de mí. Hay veces en las que yo estoy como mal y me dicen: “‘Negrita’, ¿está aburrida?, ¿qué tiene, ‘Negrita’?” y yo: “Nada, no tengo nada, tengo es sueño”. Viven pendientes de mí».

- ¿Por qué le dicen ‘Negrita’?

- «A mí me dicen ‘La Negrita’, y no sé porque no soy negra, pero a mí me dicen ‘La Negrita’, pero mi nombre es Vitalina Rodríguez».


Ralizado por: Valentina Cárdenas Cadena, estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.

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